—Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.

—Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.

—¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?

—De la cuarta parte, contestó el desconocido.

—¿De América?

—Cabalmente: soy mejicano.

—¡Ah!

—¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los españoles como un morisco?