—¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.
Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel, puesto que se apresuró á decirla:
—Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.
Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada favorita.
—Sentaos, le dijo, señalándole el banco.
—Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os ampararé.
Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana pedia ser amparado.
—Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.
—¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.
—Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién soy yo.