Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados.

Doña Isabel abrió temblando.

—¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa.

—Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.

Doña Isabel cerró.

—¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

—Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de noche al huerto, contestó doña Isabel.

—Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo.

—Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos.

—¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeño.