—¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en aquella casa.

Y señaló la del capitan estropeado.

—¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

—¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.

—¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.

—Como podeis serlo vos mañana.

—¡Yo soy cristiana!

—Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo?