—¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.
—Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey del desierto.
Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.
—La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia.
Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfíes.
Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.
—¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? preguntó.
—Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.
—¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....
—No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia.