—Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.
—Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.
—¡Ah! exclamó doña Isabel.
—Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de bodas?
—Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?
—Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su seguridad.
—¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.
—Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será entregada á los ministros del rey de España.
Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.
—No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.