A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles, los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del desfiladero.
El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror pánico.
Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.
Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los estribos exclamó:
—¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra! ¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros cristianos ocultos entre las breñas?
Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.
Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos desesperados y una voz robusta que gritó:
—¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al emir!
Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.
Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y replegados al valle.