El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron; pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo, incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes estaban en consejo.

—El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué debemos hacer, hermanos?

—Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña, dijeron algunos.

—¿Pero y los de Granada?

—Que se compongan como puedan.

—Lo primero es nuestro emir.