Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por callejas excusadas á la casa de Abd-el-Gewar, á aquella misma casa donde habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y donde habia conocido á doña Isabel.
Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los moriscos que conocian á Yaye y á Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer entre las manos de la justicia del rey.
Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.
—Deteneos, les dijo.
Yaye echó mano á un pistolete.
—Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don Fernando de Válor.
—¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.
—Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion: he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.
—Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento; no tenemos un solo instante que perder.
Yaye habia quedado en un profundo silencio.