Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer que lloraba de una manera desconsolada.

CAPITULO XXV.
Cómo encontró Yaye á su padre.

Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

—¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

—Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

—¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose profundamente.