—¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes, que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.
—Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el preguntado.
—¿Cuántos hombres acaudillas?
—Cincuenta valientes muslimes, señor.
—Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en seguridad.
—Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el encargo de Yaye.
—Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?
—Si señor.
—Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.
Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar á gran paso por la ladera.