Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.
—¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.
Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y lloraba sobre las manos de su padre.
—¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita! ¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.
—Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don Fernando de Válor, despues de los cristianos.
—Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho traicion.
—¿Quién es, pues?
—Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.
—¡Ah! exclamó Yaye.
—Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.