—Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.
—¡Y esa mujer!...
—Es noble y pura.
—¿Hermosa?....
—Como un ángel.
—Sea tu esposa, Yaye.
—¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...
—¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...
Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé esposo de Estrella.
Yaye quedó profundamente pensativo.