Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.
Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de espanto.
Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.
«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo, porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo, sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera, porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme, y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad, quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra... jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran resultar del crímen que cometísteis contra mi.—Mesina de Bombaron á 31 de marzo de 1547.—Doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor, que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno colocado entre él y doña Isabel.
Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio; recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con quien se habia casado sin amarla, por ambicion.
Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:
—La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis dolores, en el mar de mi gloria.
Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes, manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.
Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo encargaban doña Isabel y doña Elvira.