—¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!

Y el anciano rompió á llorar.

El marqués se mordió la lengua.

—¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!

—¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!

—¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los gemidos.

—Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y recordarás mejor.

El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil Picote, y el accidente de su señor.

—Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.

—Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.