—Una dama que se llama doña Estrella y...

—Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de esa señora.

Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una sala del piso bajo á donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.

El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.

—¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.

La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

—Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo voy á buscar dos literas.