—No señor.
—¿Quién es vuestro amo?
—El señor Juan de Andrade.
—¿Y dónde está?
—Ausente.
—Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy necesaria en Granada para ciertas probanzas.
—Muy bien, señor.
—¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la estancia.
—De todo punto.
—¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su casa?