El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija, no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.
Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero que habia acumulado su abuelo durante su retiro.
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Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella de Yaye.
El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus amores.
—Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.
El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.
Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.
El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó en vengarse.
Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.