Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.
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Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la cámara al señor Juan de Andrade.
Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.
El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.
La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al marqués que salió desesperado.
Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus brazos.
No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró de placer.
Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.
—Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo tambien necesitaba veros, y he venido.