La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle.

Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta.

Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas.

Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermosísimo.

La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.

El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é intensa contemplacion solo duró un momento.

El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:

—¡Vos sois mi mujer! dijo.

Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al marqués, y contestó con gravedad:

—No comprendo lo que quereis decir, caballero.