—¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla! contestó con acento opaco don Juan.

—¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.

Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente á la frase de:

—¡Vos sois mi hombre!

Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven, la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la boca.

La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.

—¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués alcanzándola y cortándola el paso.

—¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de la reina.

—¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?

La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo severamente: