—Sí, y bien... ¿qué quereis?
—La señora hija de vuecelencia...
—¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?
—La señora duquesa, está en mi casa.
—¡Que mi hija está en vuestra casa!
—Y me ha dado esta carta para vuecelencia.
Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.
—¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.
La litera estuvo dispuesta al momento.
—Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.