—Permitidme que lo dude.
—Dudad cuanto querais.
—Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.
—Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.
—¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...
—Sé que venís á pedírmela por esposa.
—Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....
—¡Por su amor!
—Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven, sin medir las consecuencias de su dicho.
—Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo: bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.—Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa.