—¡Señor duque!
—No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija.
—¡Señor duque!
—Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?
El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continuó.
—No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.
—¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extraño propósito?
—Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.
—¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?
—Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.