—No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don Juan.

—Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

—Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotará sangre.

—Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

—¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz resuelta:

—Tomad mi sangre, señor.

—¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.