Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada.
—¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye.
Hubo un momento de solemne silencio.
Yaye tomó entrambas manos al jóven.
—¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.
—¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma.
—Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.
Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven marqués.
—¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro extraño empeño?
—No, no por cierto: mi hija, vuestra Esperanza se casará con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.