—Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero presume que es hijo de un emir de Africa.
—No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?
Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.
Aquel golpe se repitió tres veces.
—Vé y abre, dijo el emir á Abd-el-Gewar.
El anciano se levantó y abrió.
Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo, de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres veces.
—¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.
—Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya en el cerro de la Sangre.
—Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á Sidy Yaye.