Aliathar se inclinó y salió.
—Tú Abd-el-Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.
—¿Pero habeis meditado bien, señor?
—Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.
—¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd-el-Gewar, é inclinándose ante el anciano emir salió.
En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.
—Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.
Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una mirada atónita en Yuzuf-Al-Hhamar.
—Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.
Kaleb salió.