El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.
Yuzuf adelantó hácia Yaye.
Este se inclinó.
—Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...
—Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí, dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con orgullo.
—Perdonad aun, pero jamás creí...
—¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las Alpujarras?
—Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los llevase al combate contra nuestros enemigos?
—Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.
—¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos, era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?