—Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompañe.
—¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?
—Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos.
—Pues os habeis engañado.
—¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?
—¡Oh! ¡si!
Y aquel ¡oh! ¡si! de la princesa equivalia á decir: yo os amo.
Don Juan se hizo el torpe.
—Pues no tengo motivos para creer... dijo.
—¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma impaciencia la princesa.