—¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

—¿Y qué os he dicho?

—Que no podeis amarme.

—Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

—¡Ah señora!

—Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me ofendió.

—¡Ah! me comprendisteis mal.

—No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

—¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas perfecta admiracion.

—Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.