—¡Ah! ¡zelos infundados!
—¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.
—Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.
—¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!
—¿No os he dado bastantes pruebas?
—Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.
—Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.
—Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava, pero solamente suya.
—¿Y vuestro esposo?
—Solamente vuestra.