Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.
Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.
Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.
—Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.
El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.
La princesa le llevó á un retrete apartado.
Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.
—¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?
—Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.
—¡Que yo te he engañado!