—No es que lo creo, tengo la prueba de ello.

—Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.

—Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.

—¿Y quién ha escrito esa relacion?

—La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.

—Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.

La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:

—Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.

Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.

Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.