—¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?

—Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.

—¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.

—Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con puñal, navaja ó daga.

—¿Y sirvió esta observacion para algo?

—Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana, fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia.

El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano.

—¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?

—Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu duquesita.

—¿Y por qué crímenes le habian preso?