—Por el de traicion al rey.
—¡Traicion al rey!
—Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.
—¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?
—¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!
—¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?
—Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su hija... á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de doña Inés de Cárdenas?
—Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió engañarse.
—La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su señora doña Inés de Cárdenas.
—No conozco el proceso.