—Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: ¿habeis muerto á ese hombre?
—No lo sé.
—¿Estais herido?
—No.
—Pero pueden encontrar á ese hombre muerto ó herido: vos, os conozco, no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si veníais: os hubiera hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros... ¡Dios mio!
—¿Y qué podria sucederme peor que lo que me sucede? exclamó con desesperacion el marqués.
—Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid adelante junto á la pared hasta que encontreis una reja: trepad por ella; encima hay un balcon: voy á abrir ese balcon.
—¡Oh Dios mio! exclamó el marqués dominado por un intenso sentimiento de felicidad.
Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon, pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.
—¡Oh, Esperanza de mi alma! exclamó el marqués.