—Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.
Y diciendo esto conducia al marqués asido de una mano á través de habitaciones oscuras.
Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:
—Júrame, don Juan, que serás prudente: te voy á llevar á un lugar donde mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.
—¿Y para qué? dijo el marqués que lo habia olvidado todo: escuche yo tu voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.
—Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.
—¡Ah! exclamó don Juan, como quien despierta de un hermoso sueño.
—Pues bien, es menester que sepas por qué ha entrado y á qué ha entrado ese hombre aquí: sígueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas: silencio y prudencia.
Don Juan se dejó conducir por la duquesita, que le hizo atravesar algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que penetraba un débil resplandor á través de unas puertas vidrieras, cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.
El marqués levantó imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra vidriera observaba Amina: los dos jóvenes estaban asidos de las manos.