—Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.

—¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!

—¡Pues bien, lo seré y pronto!

—No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

—Esperaré: pero...

—Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo, aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada lúcida.

—¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú, Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!

—El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien, ¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á sagrados deberes?

—¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!