—¡Y vos!...

—Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario, que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa habeis entrado con intencion de deshonrarle.

—No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.

—¿Cuál?

—Amo á vuestra hija.

—¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?

—Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

—¡Sed rey!

—¡Cómo!

—¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.