Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

—Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré acerca de ello un profundo secreto.

—¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone, y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:

—Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas, Esperanza.

—Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad; llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus locuras has hecho desgraciada.

—¡Mis locuras!

—Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de tus amores por arrebatarte á esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:

—Yo me veia desdeñado por tí.