—¿Que nunca nos debimos unir?
—No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.
—¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!
—Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.
—¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que eres... y se detuvo.
—Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.
—¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.
—Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos, cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.
Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo, y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras, solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje; entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante; parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable, le decian:
—Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los rebeldes del desierto.