—¿Y para esto me has llamado?
—Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para decirte:—«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo: durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre: cuenta conmigo.»—Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en ella; por esta razon has conocido graves secretos.
—¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey cuánto he visto y cuánto he oido..!
Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:
—Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.
—¡Ah! ¡serias feliz!
—Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy feliz, mucho.
—¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.
—Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por juguete.
Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.