—¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de si el marqués que sufria horriblemente.
—El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros; aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion, nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?
—Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu casa.
—Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España, dijo con sarcasmo Amina.
—Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo primero.
—¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.
—¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es necesario esperar.
Al oir la palabra corona, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.
—Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida, perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora, siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces, don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el hierro enemigo no te tocará.