Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la cadena al cuello.
—¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de Amina.
—Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso que nos separemos, don Juan.
—¡Separarnos!
—Si; es necesario de todo punto.
—¿Y cuándo nos volveremos á ver?
—¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez nunca.
Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura, abrió un balcon y miró á fuera.
—¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...
—¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme de tí!