Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion vestia, realzaba sus atractivos.

Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas, acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes: la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas, mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto; últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de aquellos tiempos.

La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo que la quedaba de su guarda-joyas.

Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar efecto en don Juan.

Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa, repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.

Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado. Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo. Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se contempló sucesivamente mas hermosa.

—¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas... las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer, cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion, para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el mundo no pueda despreciarla.

Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.

Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo; ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago engañador; aquel hombre era Bempo.

En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á avisarla.