Bempo volvió una hora despues.
—Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he cumplido vuestras órdenes.
—¿Has seguido al marqués?
—Sí, excelencia.
—¿Dónde ha ido?
—A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa de la duquesa de la Jarilla.
—¿Qué ha hecho despues?
—Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido, aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada del marqués.
—¡Muerto!
—No.