—Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.

Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al fin, poco despues de las tres y media, se abrió uno de los balcones que habian permanecido oscuros, se oyeron en él las voces contenidas de dos personas, y luego un hombre se descolgó del balcon por una reja á la calle: apareció en el balcon una sombra blanca, habló algunas palabras con el hombre que habia bajado, dejó caer un papel á la calle, y retirándose del balcon le cerró: el hombre recogió el papel, fue al nicho del Ecce-Homo de la esquina, y á su luz leyó el papel y cayó de rodillas ante el Cristo.

En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido recatadamente al marqués de la Guardia, que él era, se arrojaron sobre él.

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CAPITULO XIII.

De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia.

En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y fuertemente vendado.

Aquel hombre era el comediante Cisneros.