—¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me dijo:
—El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.
¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un hombre que podia ser muy principal.
—Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.
—Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?
—Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.
—No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño, cuando habeis nacido grande?
—Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por el rey mas poderoso de la tierra.
—Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí; sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido dolorosas para mí.
—¡Dolorosas!