—Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...

—¿Por qué?

—Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.

—¡Ah! ¡no me creeis digno!

—No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.

—¡Ah! murmuró el comediante.

—Por lo mismo no debeis hablarme de amor.

—Perdonad....

—Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.

A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.